Entrenar en verano: cómo hacerlo de forma segura sin renunciar a tu rendimiento

El calor cambia las reglas del juego

El verano es una de las épocas del año en las que más personas aprovechan para practicar deporte al aire libre. Las vacaciones, el mayor número de horas de luz y el buen tiempo favorecen actividades como correr, montar en bicicleta, nadar, hacer senderismo o simplemente caminar más. Sin embargo, el aumento de la temperatura ambiental también supone un desafío importante para el organismo.

Cuando entrenamos en condiciones de calor, el cuerpo debe realizar un esfuerzo adicional para mantener estable su temperatura interna. A la demanda energética propia del ejercicio se suma la necesidad de disipar el calor producido por la contracción muscular y el que recibimos del ambiente, especialmente cuando la radiación solar y la humedad son elevadas. Como consecuencia, aumenta la sudoración, se incrementa el trabajo cardiovascular y pueden aparecer antes la fatiga y la disminución del rendimiento físico.

Aunque la mayoría de las personas asocia el calor únicamente con una mayor sensación de sed, sus efectos van mucho más allá. Una hidratación insuficiente, una exposición prolongada al sol o una planificación inadecuada del entrenamiento pueden aumentar el riesgo de sufrir deshidratación, agotamiento por calor e incluso un golpe de calor, una urgencia médica potencialmente grave.

La buena noticia es que estos riesgos pueden reducirse de forma considerable con medidas sencillas basadas en la evidencia científica. Adaptar el horario de entrenamiento, mantener una hidratación adecuada, proteger la piel de la radiación ultravioleta y ajustar la alimentación son estrategias que permiten seguir disfrutando del ejercicio físico durante el verano de forma segura y eficaz.

En este artículo repasaremos cómo responde el organismo al calor y qué recomendaciones prácticas pueden ayudarte a proteger tu salud sin renunciar a tus objetivos deportivos.


¿Qué ocurre en el organismo cuando entrenamos con calor?

El cuerpo humano mantiene su temperatura interna dentro de un rango muy estrecho, alrededor de los 37 °C, gracias a un complejo sistema de regulación controlado por el hipotálamo. Durante el ejercicio, la actividad muscular genera una gran cantidad de calor como consecuencia del metabolismo energético. De hecho, solo una pequeña parte de la energía producida por los músculos se transforma en movimiento, mientras que la mayor parte se libera en forma de calor.

En condiciones ambientales favorables, el organismo elimina ese exceso de calor mediante cuatro mecanismos principales: radiación, conducción, convección y evaporación del sudor. Sin embargo, cuando la temperatura ambiental es elevada, especialmente si se acompaña de una alta humedad o de una intensa radiación solar, estos mecanismos pierden eficacia y el cuerpo depende cada vez más de la evaporación del sudor para disipar el calor.

Para favorecer esta pérdida de temperatura, los vasos sanguíneos de la piel se dilatan, aumentando el flujo sanguíneo hacia la superficie corporal. Esta respuesta facilita la eliminación del calor, pero también obliga al sistema cardiovascular a trabajar con mayor intensidad para mantener un aporte adecuado de sangre tanto a la piel como a los músculos que están realizando el ejercicio. Como consecuencia, es habitual observar un incremento de la frecuencia cardiaca para una misma intensidad de entrenamiento, fenómeno conocido como deriva cardiovascular.

Al mismo tiempo, la sudoración provoca pérdidas variables de agua y electrolitos, especialmente sodio, cuya magnitud depende de factores como la intensidad del ejercicio, la duración, la temperatura, la humedad ambiental, el grado de aclimatación al calor y las características individuales de cada persona. Si estas pérdidas no se compensan adecuadamente, disminuye el volumen plasmático, aumenta la percepción del esfuerzo y el rendimiento deportivo comienza a deteriorarse.

Diversos estudios han demostrado que incluso una deshidratación moderada puede afectar negativamente a la capacidad de resistencia, la función cognitiva, la coordinación motora y la capacidad para mantener esfuerzos prolongados. Además, cuando la temperatura corporal continúa aumentando y los mecanismos de disipación resultan insuficientes, el riesgo de desarrollar enfermedades relacionadas con el calor aumenta de forma significativa.

Afortunadamente, el organismo posee una notable capacidad de adaptación. La exposición progresiva al ejercicio en ambientes calurosos durante una o dos semanas produce un proceso conocido como aclimatación al calor, caracterizado por un inicio más precoz de la sudoración, una mayor producción de sudor, una mejor conservación del sodio y una menor frecuencia cardiaca para una misma carga de trabajo. Estas adaptaciones permiten mejorar tanto la seguridad como el rendimiento durante el ejercicio en condiciones de calor.

La hidratación: mucho más que beber agua cuando aparece la sed

La hidratación es uno de los pilares fundamentales del rendimiento deportivo durante todo el año, pero adquiere una importancia aún mayor durante los meses de verano. El aumento de la temperatura ambiental incrementa la producción de sudor, principal mecanismo que utiliza el organismo para disipar el calor. Aunque esta respuesta es esencial para mantener una temperatura corporal adecuada, también conlleva pérdidas de agua y electrolitos que, si no se reponen correctamente, pueden comprometer tanto el rendimiento como la salud.

Una de las ideas más extendidas es que basta con beber cuando aparece la sed. Sin embargo, la sed suele manifestarse cuando ya existe un cierto grado de déficit hídrico, por lo que confiar únicamente en esta sensación puede resultar insuficiente, especialmente durante ejercicios prolongados o realizados en ambientes calurosos.

La estrategia de hidratación debe comenzar antes del entrenamiento. Llegar bien hidratado favorece una mejor regulación de la temperatura corporal desde el inicio del ejercicio y reduce el riesgo de deshidratación. Un indicador sencillo del estado de hidratación es el color de la orina: una tonalidad amarillo pálido suele indicar una hidratación adecuada, mientras que una orina más oscura puede sugerir un déficit de líquidos.

Durante el ejercicio, las necesidades de hidratación dependen de numerosos factores, como la duración y la intensidad del entrenamiento, la temperatura y la humedad ambiental, el grado de aclimatación al calor y la tasa de sudoración individual. No existe una cantidad universal de líquido válida para todas las personas, por lo que las recomendaciones deben individualizarse siempre que sea posible.

En actividades de corta duración y baja intensidad, el agua suele ser suficiente para mantener una hidratación adecuada. Sin embargo, cuando el ejercicio supera aproximadamente una hora o se realiza con alta intensidad y abundante sudoración, puede ser recomendable utilizar bebidas que aporten sodio y una pequeña cantidad de hidratos de carbono. El sodio favorece la retención de líquidos y ayuda a compensar las pérdidas producidas por el sudor, mientras que los hidratos de carbono contribuyen a mantener el rendimiento durante esfuerzos prolongados.

Una vez finalizado el entrenamiento, el objetivo no debe limitarse a calmar la sed, sino a recuperar el agua y los electrolitos perdidos. Rehidratarse de forma progresiva, junto con una alimentación equilibrada que incluya alimentos ricos en agua y sodio, facilita una recuperación más eficaz y prepara al organismo para futuras sesiones de ejercicio.

En definitiva, una buena hidratación no consiste únicamente en beber más, sino en planificar la reposición de líquidos antes, durante y después del entrenamiento, adaptándola a las características de cada persona y a las condiciones ambientales.


Alimentación en verano: el combustible que ayuda a rendir y recuperarse

La alimentación desempeña un papel esencial en el rendimiento deportivo durante cualquier época del año, pero en verano adquiere características particulares debido al aumento de la temperatura y a las mayores pérdidas de agua y electrolitos. Elegir adecuadamente los alimentos antes y después del entrenamiento puede contribuir tanto al rendimiento físico como a una recuperación más rápida.

Antes de realizar ejercicio es recomendable optar por comidas ligeras, fáciles de digerir y con un contenido moderado de fibra y grasas, ya que estos nutrientes pueden retrasar el vaciamiento gástrico y aumentar la sensación de pesadez durante el esfuerzo. Los hidratos de carbono continúan siendo la principal fuente de energía para los ejercicios de intensidad moderada y alta, por lo que incluir alimentos como fruta, pan, arroz, avena o yogur puede ser una buena opción, dependiendo del tiempo disponible antes del entrenamiento y de las necesidades individuales.

Tras finalizar la actividad física, el organismo necesita reponer las reservas de glucógeno utilizadas durante el ejercicio y favorecer la reparación del tejido muscular. Para ello resulta recomendable combinar alimentos ricos en hidratos de carbono con una fuente de proteínas de alta calidad. Esta combinación favorece la recuperación y permite afrontar con mejores garantías las siguientes sesiones de entrenamiento.

Durante los meses más calurosos también conviene aumentar el consumo de alimentos con un elevado contenido en agua. Frutas como la sandía, el melón, la naranja, el melocotón o las fresas, junto con verduras como el tomate, el pepino o la lechuga, contribuyen al aporte de líquidos y micronutrientes sin incrementar excesivamente la carga digestiva. Además, proporcionan vitaminas, minerales y compuestos antioxidantes que forman parte de una alimentación saludable.

Entre los minerales, el sodio merece una atención especial durante el verano debido a que constituye el principal electrolito perdido a través del sudor. En personas que realizan entrenamientos intensos, prolongados o con elevada sudoración, una adecuada reposición de sodio puede ser importante para facilitar la recuperación del equilibrio hídrico. El potasio y el magnesio también participan en la función muscular y nerviosa, aunque, en la mayoría de las personas sanas, sus necesidades suelen cubrirse mediante una alimentación variada y equilibrada, sin necesidad de recurrir sistemáticamente a suplementos.

Finalmente, conviene recordar que el alcohol no constituye una bebida adecuada para la recuperación tras el ejercicio. Además de favorecer la pérdida de líquidos, puede interferir en los procesos de rehidratación y recuperación muscular cuando se consume inmediatamente después del entrenamiento.

En verano, una alimentación inteligente no implica comer más, sino elegir alimentos que aporten energía, faciliten la hidratación y favorezcan una recuperación eficaz, adaptando siempre la ingesta a las características del entrenamiento y a las necesidades individuales.


Protección solar: cuidar la piel también forma parte del entrenamiento

Cuando pensamos en entrenar al aire libre durante el verano, solemos asociar la protección solar con la prevención de las quemaduras. Sin embargo, la exposición prolongada a la radiación ultravioleta tiene implicaciones mucho más amplias para la salud y el rendimiento deportivo.

La radiación UV es capaz de producir daño acumulativo en la piel, favoreciendo el envejecimiento cutáneo prematuro y aumentando el riesgo de desarrollar cáncer de piel. Los deportistas que realizan habitualmente actividades al aire libre, como corredores, ciclistas, senderistas, triatletas o jugadores de deportes de equipo, presentan una exposición significativamente mayor que la población general, por lo que las medidas de fotoprotección adquieren una importancia especial.

Además de sus efectos sobre la piel, una exposición prolongada al sol incrementa la carga térmica que soporta el organismo. La combinación de radiación solar directa, altas temperaturas y ejercicio físico dificulta la disipación del calor corporal, favoreciendo la aparición de fatiga precoz y aumentando el riesgo de enfermedades relacionadas con el calor.

La protección solar debe formar parte de la planificación del entrenamiento igual que la hidratación o la alimentación. Las principales recomendaciones incluyen aplicar un fotoprotector de amplio espectro con un factor de protección solar (FPS) de al menos 30 —preferiblemente 50 cuando la exposición sea prolongada—, aplicarlo entre 15 y 30 minutos antes del ejercicio y renovarlo periódicamente, especialmente tras una sudoración intensa o después del contacto con el agua.

El uso de ropa técnica transpirable, gorras o viseras y gafas de sol homologadas con protección frente a la radiación ultravioleta complementa la protección cutánea y ayuda a reducir la carga térmica durante el entrenamiento.

Conviene recordar que la radiación ultravioleta puede ser elevada incluso en días nublados. Por ello, la decisión de utilizar protección solar no debería depender únicamente de la sensación de calor, sino también del tiempo de exposición y del índice ultravioleta previsto para ese día.


Elegir bien la hora del entrenamiento puede marcar la diferencia

No todas las horas del día ofrecen las mismas condiciones para realizar ejercicio físico. Durante el verano, la temperatura ambiental, la radiación solar y, en muchas zonas, la humedad experimentan importantes variaciones a lo largo de la jornada, modificando tanto la percepción del esfuerzo como el riesgo asociado al entrenamiento.

Las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde suelen proporcionar las condiciones más favorables para entrenar al aire libre. En estos momentos, la temperatura suele ser más baja, la radiación solar menos intensa y el organismo soporta una menor carga térmica, lo que facilita mantener el rendimiento y disminuye el riesgo de deshidratación o agotamiento por calor.

Por el contrario, realizar ejercicio durante las horas centrales del día, especialmente entre el mediodía y media tarde, supone una mayor exigencia fisiológica. En ese periodo suelen alcanzarse los valores máximos de temperatura y radiación ultravioleta, aumentando la dificultad para disipar el calor corporal.

Cuando no sea posible modificar el horario de entrenamiento, resulta recomendable reducir la intensidad, aumentar las pausas de recuperación, buscar zonas con sombra cuando sea posible y prestar una atención especial a la hidratación.

También es importante considerar que la percepción del calor varía entre individuos. La edad, el grado de aclimatación, la condición física, determinadas enfermedades y algunos medicamentos pueden modificar la capacidad del organismo para regular su temperatura. Por ello, dos personas entrenando en las mismas condiciones ambientales pueden responder de manera muy diferente.

Planificar el entrenamiento teniendo en cuenta las condiciones meteorológicas no significa entrenar menos, sino hacerlo de forma más inteligente y segura.


Adaptar el entrenamiento al calor: una estrategia para mejorar el rendimiento y reducir riesgos

Uno de los errores más frecuentes al comenzar el verano consiste en intentar mantener exactamente la misma intensidad y duración de entrenamiento que durante los meses más frescos. Sin embargo, el calor representa un estrés fisiológico adicional que obliga al organismo a realizar un mayor esfuerzo para mantener su equilibrio interno.

Por este motivo, las principales sociedades científicas recomiendan introducir una adaptación progresiva cuando comienzan las altas temperaturas o cuando se entrena en un clima más cálido del habitual. Este proceso, conocido como aclimatación al calor, suele desarrollarse durante una o dos semanas de exposición progresiva al ejercicio en ambientes calurosos.

Durante este periodo es habitual que el rendimiento inicial disminuya ligeramente. Se trata de una respuesta fisiológica normal que no debe interpretarse como una pérdida de condición física. Conforme el organismo se adapta, aumenta la eficiencia de la sudoración, mejora la conservación de líquidos y electrolitos y disminuye el esfuerzo cardiovascular necesario para realizar una misma carga de trabajo.

Mientras se produce esta adaptación puede ser conveniente reducir temporalmente la intensidad o el volumen del entrenamiento, prolongar los periodos de recuperación entre series y prestar especial atención a las sensaciones corporales. Síntomas como mareo, escalofríos, cefalea, náuseas o una fatiga desproporcionada deben interpretarse como señales de alerta que obligan a detener el ejercicio y buscar un lugar fresco para iniciar medidas de enfriamiento e hidratación.

El descanso también desempeña un papel importante. Dormir adecuadamente favorece la recuperación fisiológica y ayuda al organismo a tolerar mejor el estrés térmico de las sesiones de entrenamiento. Del mismo modo, evitar acumular varios entrenamientos muy exigentes durante episodios de calor extremo puede contribuir a reducir el riesgo de sobrecarga y enfermedades relacionadas con el calor.

Lejos de convertirse en un obstáculo, el verano puede ser una excelente oportunidad para mejorar la capacidad de adaptación del organismo. La clave consiste en comprender que entrenar con calor requiere planificación, flexibilidad y una adecuada escucha de las señales que envía el propio cuerpo.

¿Quiénes deben extremar las precauciones al entrenar con calor?

Aunque cualquier persona puede sufrir las consecuencias de un entrenamiento realizado en condiciones de calor extremo, existen determinados grupos de población que presentan un mayor riesgo de desarrollar complicaciones relacionadas con la temperatura.

Los adultos mayores suelen tener una menor capacidad para disipar el calor debido a cambios fisiológicos asociados al envejecimiento, como una menor producción de sudor y una respuesta cardiovascular menos eficiente. Del mismo modo, los niños presentan mecanismos de termorregulación todavía inmaduros y dependen en mayor medida de los adultos para mantener una hidratación adecuada.

Las personas con obesidad también pueden experimentar una mayor dificultad para eliminar el exceso de calor corporal, ya que el tejido adiposo actúa como aislante térmico y aumenta el esfuerzo necesario durante el ejercicio. Asimismo, determinadas enfermedades crónicas, como las patologías cardiovasculares, respiratorias, renales o metabólicas, pueden limitar la capacidad del organismo para adaptarse al calor.

Otro aspecto que con frecuencia pasa desapercibido es el efecto de algunos medicamentos sobre la regulación de la temperatura corporal y el equilibrio hídrico. Fármacos como los diuréticos, algunos antihipertensivos, determinados psicofármacos o medicamentos con efecto anticolinérgico pueden favorecer la deshidratación o dificultar la disipación del calor. Por ello, las personas que reciben tratamientos crónicos deberían consultar con su profesional sanitario si tienen previsto realizar ejercicio intenso durante episodios de altas temperaturas.

Los deportistas que todavía no se han aclimatado al calor también constituyen un grupo especialmente vulnerable. El riesgo es mayor durante los primeros días de exposición a temperaturas elevadas, momento en el que el organismo aún no ha desarrollado las adaptaciones fisiológicas necesarias para mejorar la tolerancia al esfuerzo.

Conocer estos factores de riesgo permite individualizar las recomendaciones y adaptar el entrenamiento a las características de cada persona, reduciendo significativamente la probabilidad de sufrir complicaciones relacionadas con el calor.


Señales de alarma: cuándo detener el entrenamiento

Escuchar al propio organismo constituye una de las herramientas más importantes para prevenir las enfermedades relacionadas con el calor. En muchas ocasiones, el cuerpo comienza a enviar señales antes de que aparezcan complicaciones graves, por lo que reconocer estos síntomas de forma precoz permite actuar rápidamente.

Entre los primeros signos de alarma se encuentran una sed intensa, fatiga desproporcionada, debilidad muscular, calambres persistentes, mareo, dolor de cabeza, náuseas o sensación de inestabilidad. Aunque estos síntomas pueden parecer leves, indican que el organismo está teniendo dificultades para mantener su equilibrio frente al estrés térmico y requieren interrumpir el ejercicio, buscar un lugar fresco e iniciar la reposición de líquidos.

Si el entrenamiento continúa a pesar de estas señales, pueden aparecer manifestaciones de mayor gravedad, como confusión, dificultad para hablar, alteraciones del comportamiento, pérdida de coordinación, desorientación o disminución del nivel de conciencia. Estos síntomas obligan a considerar la posibilidad de un golpe de calor por esfuerzo, una urgencia médica potencialmente mortal que requiere atención inmediata.

El golpe de calor se caracteriza por una elevación importante de la temperatura corporal acompañada de alteraciones neurológicas. La rapidez con la que se inician las medidas de enfriamiento constituye uno de los principales factores pronósticos, por lo que retrasar la asistencia médica puede tener consecuencias graves.

Ante cualquier sospecha de enfermedad relacionada con el calor, la prioridad debe ser suspender inmediatamente la actividad física, trasladar a la persona a una zona fresca y comenzar medidas de enfriamiento mientras se solicita asistencia sanitaria cuando sea necesario.

En la mayoría de las ocasiones, las complicaciones graves pueden prevenirse si se reconocen precozmente las señales de alarma y se actúa sin demoras.


Preguntas frecuentes sobre entrenar en verano

¿Es seguro entrenar cuando hace mucho calor?

Sí, siempre que se adapten el horario, la intensidad del entrenamiento y las estrategias de hidratación y protección solar. El riesgo aumenta durante las horas de mayor temperatura o cuando no existe una adecuada aclimatación al calor.


¿Cuál es la mejor hora para hacer ejercicio en verano?

Generalmente, las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde son las más recomendables. En estos momentos la temperatura ambiente y la radiación ultravioleta suelen ser menores, reduciendo el estrés térmico sobre el organismo.


¿Cuánta agua debo beber si entreno con calor?

No existe una cantidad universal. Las necesidades dependen del peso corporal, la intensidad del ejercicio, la duración, la temperatura ambiental y la cantidad de sudor que produce cada persona. Lo recomendable es comenzar bien hidratado, beber durante el entrenamiento cuando sea necesario y reponer los líquidos perdidos al finalizar.


¿Es mejor tomar agua o bebidas isotónicas?

Para entrenamientos de corta duración, el agua suele ser suficiente. En ejercicios prolongados, de alta intensidad o con una importante pérdida de sudor, las bebidas con sodio y una pequeña cantidad de hidratos de carbono pueden resultar beneficiosas para mantener el rendimiento y facilitar la reposición de líquidos.


¿Debo usar protector solar aunque vaya a entrenar temprano?

Sí. La radiación ultravioleta está presente incluso durante las primeras horas del día y también atraviesa parcialmente las nubes. Si el entrenamiento se realiza al aire libre, es recomendable utilizar un fotoprotector de amplio espectro adecuado al tiempo de exposición.


¿Es normal rendir menos cuando entreno con altas temperaturas?

Sí. El calor obliga al organismo a destinar una mayor cantidad de sangre hacia la piel para disipar el calor, aumenta la frecuencia cardiaca y acelera la fatiga. Estas respuestas fisiológicas pueden disminuir temporalmente el rendimiento, especialmente antes de completar la aclimatación al calor.


¿Cuánto tiempo tarda el organismo en adaptarse al calor?

La mayoría de las adaptaciones aparecen entre los 7 y 14 días de entrenamiento progresivo en ambientes calurosos. Durante este periodo mejora la capacidad de sudoración, disminuye el esfuerzo cardiovascular y aumenta la tolerancia al ejercicio.


¿Qué síntomas indican que debo detener el entrenamiento?

Debe interrumpirse el ejercicio si aparecen mareos, dolor de cabeza intenso, náuseas, calambres persistentes, debilidad importante, desorientación, confusión o cualquier alteración del estado de conciencia. Estos síntomas pueden indicar una enfermedad relacionada con el calor y requieren actuar de forma inmediata.


¿Entrenar con más calor ayuda a quemar más grasa?

No. Aunque el calor aumenta el esfuerzo fisiológico y la sudoración, sudar más no significa perder más grasa. La mayor parte del peso perdido durante el entrenamiento corresponde a agua, que se recupera al rehidratarse.


¿Quiénes deben tener especial precaución al hacer ejercicio en verano?

Los adultos mayores, los niños, las personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales o metabólicas, quienes toman determinados medicamentos y los deportistas que aún no están aclimatados al calor presentan un mayor riesgo y deben extremar las medidas de prevención.

Conclusiones: entrenar en verano de forma segura es posible

Las altas temperaturas no deben convertirse en un motivo para abandonar la práctica de ejercicio físico. Al contrario, el verano puede ser una excelente oportunidad para mantener un estilo de vida activo siempre que el entrenamiento se adapte a las condiciones ambientales y a las características individuales de cada persona.

La evidencia científica demuestra que una adecuada planificación permite reducir de forma importante los riesgos asociados al calor. Mantener una correcta hidratación, elegir las horas más frescas del día, utilizar protección solar, adaptar progresivamente la intensidad del entrenamiento y prestar atención a las señales que envía el organismo constituyen medidas sencillas que mejoran tanto la seguridad como el rendimiento.

También conviene recordar que no existe una estrategia universal válida para todos los deportistas. Factores como la edad, el estado de salud, el nivel de entrenamiento, la aclimatación al calor y las condiciones meteorológicas hacen necesario individualizar las recomendaciones y evitar comparaciones con otras personas.

En definitiva, entrenar con calor no consiste en demostrar quién soporta mejor las altas temperaturas, sino en comprender cómo responde el organismo y actuar en consecuencia. Escuchar al cuerpo, respetar sus límites y planificar adecuadamente cada sesión son las mejores herramientas para disfrutar del ejercicio físico de forma segura durante todo el verano.

El objetivo no debe ser únicamente rendir más, sino hacerlo preservando la salud. Porque un entrenamiento inteligente siempre será aquel que permita seguir entrenando mañana.

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